viernes, 30 de octubre de 2015

Koldo Saratxaga: Si quieres responsabilidad, empieza por confianza y libertad. Esta es la gran innovación y el gran cambio que habría que hacer: valores y proyectos comunes y una sociedad en la que nos sentimos parte de ella | Transparencia, confianza y generosidad - Gardentasuna, konfiantza eta eskuzabaltasuna, en palabras del equipo K2K emocionando (3/4)





Koldo Saratxaga
Si quieres responsabilidad, empieza por confianza y libertad. Esta es la gran innovación y el gran cambio que habría que hacer: valores y proyectos comunes y una sociedad en la que nos sintamos parte de ella

Si miramos más lo que uno se encuentra cuando va a una S.A., empiezas a ver: oficial de primera, de segunda, de tercera, peón, ayudante, no sé cuál y demás. Claro, nosotros, cuando llegamos, todo eso desparece, solamente hay personas, ni hay de tercera ni de segunda, ni hay primera… ya no son «oficiales de» ni «obreros de». Efectivamente, no hay una jerarquía. Entonces, claro, si cuando alguien ve a una persona con buzo sentada en una sala, sentada en una mesa, charlando tranquilamente, exponiendo lo que siente y lo que piensa, pues resulta —como esto era antiguamente, a alguno se lo encargaba el jefe e iba y aporreaba la puerta del váter, «venga, que llevas ya tres minutos en el váter», es decir, contando los minutos del váter—, claro, es porque piensa que eso es un gasto.

Cuando creemos, algunos lo creemos y lo tenemos bien claro, bien demostrado además, que eso es una inversión, pues entonces es clarísimo que cuantos más espacios de libertad, pues mejor. Cuando pasamos del espacio de libertad al libertinaje, el libertinaje no tiene responsabilidad, pero no puedo creer en la responsabilidad porque nunca lo he creído para mí, y además no lo voy a aceptar nunca, si no me has dejado espacios de libertad, la responsabilidad y la confianza con el que estoy. Tengo que pensar que si eso siento yo, tienen que sentir lo mismo los demás. Entonces, claro, si quieres responsabilidad, empieza por confianza y libertad. Y luego ya podrás exigir libertad [responsabilidad] porque tienes la autoridad para poder exigir libertad [responsabilidad]. Lo que ocurre es que caemos enseguida en que «es libertinaje», «es un coste». Nosotros medimos el tiempo que estamos reunidos. Si [no] pasa del tres o tres y medio del tiempo personas reunidas, el cien por cien de las personas, decimos «esto no funciona». ¿Cómo vas con el uno y medio? ¡Pues falta! Estamos demasiado en el día a día, demasiado con lo urgente.

Entonces, la manera de salir de lo urgente es: siéntate, piensa, sueña, mírate y escucha y vamos a ver qué hacemos, porque si no, unos deciden, otros hacen. La manera de [que no sea] esto es [plantear] qué ha pasado, por qué esto, por qué lo otro, y eso requiere de espacios de libertad, que yo los llamo, y que no tienen que ver con el libertinaje, espacios de libertad que asusta, y no digo libertad sola porque he aprendido, como se me han asustado muchos empresarios de los miles de veces que he hablado, pues entonces acuñé otra palabra, que es la de «espacios de libertad», y ya me sale sin querer, para que no asusten con que es libertinaje. ¿Es que la libertad es lo que a cada uno le da la gana? No, no, todo lo contrario, lo que tienes son compromisos y responsabilidades. Donde nosotros estamos, medimos el compromiso, ero, vamos, con pelos y señales, pero es aquel compromiso que se ha aceptado entre todos: el compromiso que se ha aceptado entre todos, no el compromiso impuesto. El compromiso que se ha aceptado entre todos necesita de esa relación, necesita de esa libertad, de ese conocimiento, del saber por qué, para que luego las cosas fluyan.

[…]

Yo creo que la máxima, el máximo objetivo nuestro sea ganar dinero, no creo que sea así. No creo que sea así porque no debe ser así y menos en una cooperativo. Bueno, pero si lo es, lo es, y yo lo respeto. Una cosa es que sea perdiendo y otra cosa que sea la máxima. Lo de la máxima solo lo he leído cuando he leído lo de Iberdrola, objetivo número uno es el valor para el accionista. Y eso me aterra porque luego resulta que pagan el tres por ciento de impuestos, por ejemplo, y la sociedad es lo que es. Lo que creo es que sin las cooperativas seguramente el mundo no estaría donde está hoy; la labor de las cooperativas, quería decir, el cooperativismo, o sea, que sabemos cooperar, vuelvo otra vez a lo mismo, la función que se ha hecho es de libro, es fundamental. Sin embargo, creo que estamos anclados en cooperativos o no cooperativas. Creo que hay un error aquí, que tenemos que hacer un cambio en la sociedad. Sociedad somos todos. Tenemos que pasar del yo, que eso ya huele; ya no nos sirve el nosotros, nosotros, la cooperativa, el grupo, la familia; estamos ya, tenemos que estar, en el todos, y ese todos somos la sociedad. Y cuando metemos a la sociedad, metemos el ecosistema, metemos la naturaleza, lo ecológico, lo otro… lo social, las ayudas, los más débiles y los más fuertes. Sin embargo, hoy por hoy, todavía ese mundo está fundamentalmente en las empresas medianas, las grandes, y no en las cooperativas. La pregunta es por qué en todo lo que hacemos y en toda acción que hacemos, sea una S.A. o una S.L. o sea un grupo delo que sea no tenemos un nuevo concepto de la sociedad.

Vamos a ver, ¿qué pasa con las sociedades anónimas o las sociedades limitadas? O sea [por ejemplo], José Mari y yo creamos una empresa, dos jóvenes aquí crean una empresa, ponen tres mil euros, ponen seis mil, ponen veinte mil, ponen cien mil, o no ponen nada y piden un crédito de cien mil; voy a poner una cifra más significativa, piden un crédito de cien mil, con lo cual no han puesto nada, pero se han metido en una responsabilidad, que no sé quién se lo firma, o se lo da o les ayuda. Empezamos dos, y los dos hemos empezado y las cosas van bien, porque somos vivos, y mañana somos veinte: está claro que somos dos más dieciocho, clarísimamente, dos más dieciocho. Y todo porque hemos puesto tres mil, seis mil, cien mil o nada porque hemos pedido un crédito. Si va mal, el crédito no sabemos quién lo paga, si con una hipoteca o yo no sé cuál o parte es del Gobierno y por ahí se queda, pero no… ya veremos quién se hace responsable de eso. Pero aunque tengamos que hacernos responsables, resulta que eso sirve para toda la vida, y seguimos creciendo y somos cien o doscientos o trescientos, y somos dos y doscientos noventa y ocho.

Y eso es una cosa que es algo que tenemos metido dentro, que yo soy el propietario para siempre y hago y deshago. Entonces, como soy el propietario, y ahora además los jóvenes se ponen títulos, que para eso estamos internacionalizados, de consejeros delegados, aunque sean tres o cuatro, director de no sé cuál, director general… nos ponemos unos títulos, pero somos los dueños y vamos incorporando. Luego decidimos: tú vas a hacer esto, tú lo otro, tú nos sirves, no nos sirves. Sigue creciendo, pasa el tiempo, y resulta que ya tengo un hijo o un sobrino, ¿quién va a ser el que va a llevar el tema o al que voy a poner?, al hijo o al sobrino, y lo decidimos los dos, porque somos los dueños que pusimos aquello hace tiempo. Claro, pero pusimos aquello y cuando vamos y decimos a la neska esta: ¿vienes a trabajar con nosotros?, y licenciada, pues resulta, como tú has dicho, que la sociedad ha puesto cien mil euros: ciento veinte mil euros cuesta en Euskadi un licenciado; ochenta mil, noventa mil cuesta un FP2. Entonces resulta que incorporamos a dos personas, doscientos mil; incorporamos a diez, un millón de euros, pero tú y yo, que hemos puesto cien mil, seguimos siendo los dueños, hacemos y deshacemos de por vida, pero además hacemos y deshacemos, y en este caso sí que, no en la cooperativa, porque me llama la atención, pero en la S.A. es en beneficio de ellos.

Y no voy a decir [esto] de todos, porque hay empresarios que tienen un gran criterio de lo que es la sociedad, un gran criterio de lo que es pagar impuestos, un gran criterio de no sé cuál, pero lo primero que suelen tener las pequeñas y medianas empresas es un buen fiscal, les lleve o no les lleve la contraria será lo de menos, pero un buen fiscal. Porque eso ya lo hemos heredado y si los grandes lo tienen, entonces lo que hay que hacer es pagar el mínimo posible. Entonces, claro, ¿cómo devolvemos a la sociedad lo que la sociedad nos pone? Si somos doscientos, fíjate lo que ha puesto ahí la sociedad, y es que además nos pone las carreteras, nos pone las universidades, que ya lo hemos dicho, nos pone los servicios, nos pone todo y seguimos decidiendo como hace cien, doscientos, trescientos años.

No hemos evolucionado, la empresa sigue siendo privada y toma todas sus decisiones, paga lo que quiere, ¿hasta qué punto devuelve todo lo que tiene que devolver a la sociedad con un sueldo digno? ¿Qué es un sueldo digno? ¿Una hora, dos horas, cuatro horas, que ahora está de moda? Eso antes era impensable. No me extraña que salga el Consejero diciendo que ahora no va en paralelo, ¡hombre!, con todos los respetos para el Consejero, que es un tío encantador, es de libro, ¡coño! Es de libro, queremos decir, por un lado, que no hay paro, porque contamos hasta los que van un cuarto de hora a trabajar, y luego decimos que no crece el no sé qué comparado, la riqueza y los impuestos con…, coño, ¡claro!, porque no es proporcional, porque lo hemos deformado, porque políticamente es otra cosa y porque la crisis no sabemos cómo llevarla para adelante.

Pero vuelvo con lo de antes, si yo soy un empresario, tendré derecho a una parte, pero no a todo, lo primero que tengo que hacer es pagar unos buenos salarios, lo segundo que tengo que hacer es retornar a la sociedad los impuestos que hacen falta, y lo que tengo que asegurar es que yo tenga un retorno. Pero ese retorno igual no es, porque el setenta por ciento de las empresas familiares, en segunda o tercera generación, caen, estadísticamente, andan por el sesenta y ocho a setenta y dos por ciento, pero ¿por qué caen?, pues porque está el sobrino, el hijo o el nieto, que no precisamente tiene porqué ser el mejor, pero como ordena y manda… La pregunta es: esa organización, esa empresa, ¿de quién es? De José Mari y mía, que pusimos eso, o es de la sociedad, en el sentido de que tenemos una responsabilidad con la sociedad. Y esa responsabilidad con la sociedad tiene que ver con lo ecológico, tiene que ver con lo medioambiental, tiene que ver con organizaciones humanas y sostenibles; y la sostenibilidad tiene que ver con lo humano, con lo económico y con lo medioambiental, por encima de todo.

¿Cómo medimos que una sociedad es sostenible? ¿Dónde están los baremos para hacerlo? No los hay. Algunos los hemos intentado introducir, crear y que sean admitidos en este país pequeño, que podíamos hacer maravillas porque somos pequeños y nos conocemos todos, y no ha sido posible; llevamos tres años con ello y nos lo están frenando: ¿qué es eso de medir cosas como todo esto?, ¡a mí déjame que yo tengo que manejar esto que es mío! Y es tan «mío» que luego nos cuesta, como nos cuesta en este país, hasta el hacer pues la locura que tenemos de tantas miniempresas que, lógicamente, pues es muy difícil ir con doce, catorce, dieciocho, veinticuatro, treinta personas a pelear por el mundo, pero, claro, como yo soy Saratxaga, tú Ibarretxe, tú no sé cuál, mi apellido, mi familia, con la tuya, a ver cómo nos juntamos, cómo sacamos esto aquí a relucir, cuál de nuestro pasado, dónde está la verdad, dónde está la ética, pues resulta que unirse es como perder el apellido o como hacer… ¡antes desaparecemos que nos unimos! ¿Por qué? Porque tenemos un sentido de la propiedad, como casi del terreno y del mojón, y esto viene de siglos atrás. ¡Esto lo tenemos que cambiar!

No podemos seguir hablando de reivindicación por reivindicación, unos en un lado y otros en otro, como si fuéramos contrarios permanentemente. Somos sociedad y como tal atenderíamos todos esos temas y como tal, seríamos cooperativistas, tan cooperativistas como tú lo seas y como los espacios te dejen, porque hay gente que no sonríe aunque le cuentes un chiste. Luego, la campana de Gauss siempre estará ahí, pero la media, que es la misma media la que está en la cooperativa que la que no está, haríamos que el estilo de relaciones sea, como yo decía, de espacios, de colaboración, porque todos estamos implicados en ese proyecto y en la sociedad. Somos sociedad desde las 00:01 horas de la mañana hasta las 24 horas de la noche, no somos trabajadores ocho horas, no somos familiares cuatro horas, no somos con los amigos dos horas, no somos montañeros dos horas, somos sociedad. Y ese concepto de sociedad es lo que englobaría todo lo que a veces tratamos de una manera tan separada, tan separada y tan enfrentada, que los que ya tenemos años, vemos treinta, cuarenta, cincuenta años haciendo lo mismo, y nos pasa una crisis y no sabemos reaccionar, porque mantenemos nuestras posturas, porque no salimos de los estándares que tenemos ya armados.

Y eso sí que es la gran innovación, esa sí que es la gran innovación, tener un proyecto de pueblo, un proyecto de país, y no «aquí rompo», «aquí tiro», «aquí si puedo me escaqueo», «aquí no sé cuál», «aquí contra ti», podemos estar en una manifa juntos, podemos hablar de país juntos, hasta podemos militar juntos, pero como tú seas empresario, yo trabajador y tú sindicalista, aquí hemos terminado nuestro país. Y como yo sea no sé cuál, tiro, rompo y puedo hacer no sé cuál, y tú no me vas a decir nada porque no sé cuál, y si no, que venga la Ertzaintza, que esto es diferente; ya tampoco somos país. ¡Coño! ¿Dónde está entonces el cambio cultural? ¡En la educación! ¿Dónde está el cambio? En la pedagogía. ¿Cuánto se habla de eso? No se habla nada más que de políticos; no sé quién ha dimitido, no sé quién ha entrado, y no sé quién ha vencido, y ya, ¡ostras!, nos sabemos media docena de nombres más que el de nuestros abuelos o nuestros padres, si es que viven y ya si no viven, los recordamos más, pero ¿dónde está la pedagogía?, ¿dónde está el concepto social?, ¿dónde está el concepto de compartir todas estas cosas como algo que es territorial, que es nuestro, que es de todos? Esta es la gran innovación y el gran cambio que habría que hacer: el tema de los valores y el tema de tener proyectos comunes y una sociedad en la que nos sintamos parte de ella.












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